viernes, 26 de septiembre de 2014

Radiografía de la Barcelona actual y de los hijos del Pujolisme

Living in Barcelona style

Resulta difícil discernir el momento en el que Barcelona dejó de renovarse y reinventarse con el objetivo de dinamizarse económica, social y culturalmente, para convertirse en un producto en sí mismo, pura mercadería. Seguramente mostrándolo así, como una contraposición con una actualidad desangelada, estemos siendo demasiado benévolos y complacientes con el modelo Barcelona que se gestó desde los Juegos Olímpicos del 92’. Esas transformaciones bucólicas que respondían a una lógica de la ciudad global/ local dentro de un mundo globalizado, en el fondo dejaron tras de sí grandes desajustes sociales y urbanísticos a nivel ciudadano. En pocas palabras, un proyecto que en el libro Barcelona, marca registrada convertía la ciudad en una suerte de mitad supermercado, mitad campo de internamiento.

Este proceso de reordenación de la ciudad con trasfondo capitalista lejos de remitir, se ha acrecentado con los años y se ha personificado en el mal de la gentrificación. Desde el grupo del Observatorio Metropolitano de Barcelona, Joan M. Gual escribía un reflexivo artículo sobre la burbuja del modelo Barcelona en la vida urbana actual, sus consecuencias sociales y el “ejercicio del derecho a la ciudad como proyecto político”. En él Gual explicaba de qué modo Barcelona en su lucha por alcanzar un crecimiento económico que la sitúe en el mapa de la capitalidad internacional, está tomando por bandera la “profundización neoliberal de la gestión de la ciudad" y la elitización de sus empresas, habitantes y eventos. Una ciudad business friendly, que se vende, promociona y maquilla en esa ensalzada Marca Barcelona, pero que gira la espalda a sus ciudadanos y poco atiende a la gestión y planificación de las consecuencias de ese turismo masivo que quiere atraer.

Todo ello tampoco favorece de ningún modo el impacto que las consecuencias de la crisis están teniendo en los barrios y la desigual distribución territorial que se está conformando. En este contexto grupos de investigación como "Barri i Crisi" ponen en marcha proyectos como el mapa de innovación social en Cataluña, que georeferencia las crecientes prácticas socialmente consideradas como innovadoras. Proyectos como éste tienen sentido por la manera en la que se están desenvolviendo las nuevas y sostenibles prácticas sociales, económicas, políticas y culturales; y en cómo sus ciudadanos están tomando parte de este cambio. Este proyecto pese a no ser el primero en la línea, lo conforman una variada y rica propuesta que distingue entre las siguientes categorías: 
  • Solidaridad ciudadana (ayuda mutua y procesos ciudadanos colaborativos y reivindicativos como los bancos de tiempo y los movimientos antidesahucios)
  • Proyectos que conjugan la lógica del territorio urbano con el desarrollo de la sostenibilidad y la gestión de recursos de energía alternativos
  • Redes telemáticas ciudadanas
  • Espacios autogestionados comunitariamente que otrora estuvieron en desuso
  • Espacios económicos alternativos al régimen mercantil hegemónico (cooperativismo, grupos de consumo, finanzas sociales, etc.)

En este sentido, es sintomático que hoy en día se esté produciendo una multiplicación de iniciativas y asociaciones vecinales que reclaman una ciudad habitable y una recuperación del espacio público, algunos ejemplos son: SOS Enric Granados, Gràcia on vas?, Comissió d’Afectats pel Projecte Urbanístic del Born, Plataforma contra el Pla Paral·lel o Barceloneta Rebel. Y es que hay que entender esta crisis del espacio público como un problema local del siglo XXI, en el que se está viviendo, en términos del geógrafo y urbanista Jordi Borja, una “desposesión” de las ciudades convertidas en mercancía.

Jordi Martí apuntaba hacia la necesidad que las políticas culturales encontrasen estrategias para la reapropiación de la ciudad por parte de sus ciudadanos, prácticas que se fundamentasen en la recuperación de lugares en los que ejercer las viejas instituciones del espacio público.
En este contexto se entiende la aparición con fuerza de procesos como “Guanyem Barcelona” que, liderado por Ada Colau, se basa en la construcción colectiva y abierta a la ciudadanía. Guanyem Barcelona (que tiene sus réplicas en diferentes ciudades y regiones estatales) se centra en la constitución de una nueva Barcelona desde los barrios, optando por tomar las instituciones públicas y abrirlas a los barceloneses.

En consonancia, y en un ámbito más estrictamente cultural, también están surgiendo proyectos, asociaciones, colectivos o colaboraciones comunitarias que buscan, entre otros objetivos, la cercanía con el público, la nota de autor o de singularidad en este mapa despersonalizado, otros modos de entender la socialización de la cultura, el compromiso urbanístico o la implicación con el entorno. Tampoco podemos obviar el hecho de que la crisis y los problemas sociales también han afectado la manera de entender la cultura como parte de un tejido social, obligando a mover ficha y a buscar nuevos modelos de creación, gestión o emprendeduría.

En definitiva, la realidad cultural de la ciudad se ha impregnado de todos estos movimientos sociales, de estos cambios y reivindicaciones, de esta voluntad, actual y creciente que comentaba, por recuperar el principal capital cultural urbano que es el espacio público. Un lugar de memoria y celebración colectiva, de lucha y vida cotidiana, un lugar en el que, como dice el antropólogo Manuel Delgado, “pasan cosas”. Es importante para entender el nivel de compromiso y el cambio de mentalidad que se está gestando y que también, por ende, afecta a la manera en la que consumimos, entre ellos, cultura.


Hablando de Barcelona, dejo un curioso vídeo que vi el otro día, ¿cómo sería una Barcelona desierta?

Circo Pujol 

De la comparecencia de esta tarde de Jordi Pujol al Parlament sinceramente hay poco interesante que decir. Todo circo. Mucha indignación de la fauna política que tenemos, de la poca vergüenza de este señor, de la tertulia de sobremesa que acaba en pelea gallinera al estilo Telecinco... 
Me irrita mucho que quieran seguir haciéndonos creer que la figura de Pujol representa la lucha por Catalunya, los 30 años de "buen gobierno", y que bueno, al fin y al cabo, por qué no, estarle agradecidos por ello. Señor Pujol, nosotros sí que deberíamos dar un golpe en la mesa y cabrearnos, exigir que no nos digan más mentiras ni nos cuenten la historia del padre y el hijo que nos hace hervir la sangre. No aceptar el juego que usted propone y que el circo ese que le rodea de economistas, políticos y abogados oculta. En este sentido, Jordi Turull hoy se ha coronado y ha representado delante de todos el papel del títere del padre, de Pujol. Tan lamentable como la intervención de la diputada de ERC, Gemma Calvet. 

Seguramente después de ver que ERC se bajaba los pantalones y que incluso el Sr. Rivera tenía más capacidad crítica que ellos (nunca pensé que podría estar de acuerdo con él), todos deberíamos haber hecho como David Fernández de las CUP y retirarnos de este espectáculo. Apagar nuestros televisores, la radio, el vídeo de la web.... Al final todos hemos sido cómplices y espectadores de esta estafa televisiva que nos han mostrado esta tarde, una estafa a la que TV3 mismo ha puesto la guinda cuando el presentador ha acabado haciendo un resumen, deformado e interesado, de lo que había sido la comparecencia. Manipulación. Pese a todo, tengo que reconocerlo, como puro entretenimiento tenía su punto de gracia. Esperpéntico.

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Ja no tanca els ulls - Mishima 

lunes, 1 de septiembre de 2014

Reflexiones (II)

Lo que más me está inquietando y cabreando del tema Jennifer Lawrence ya no es sólo el tratamiento que desde los medios de comunicación se le está dando, ni que se violen incluso los derechos del individuo difundiendo contenidos privados... sino la enésima muestra de violencia y sexismo que está demostrando esta sociedad, la mundial, se entiende. 
El ciudadano de a pie ha llenado hoy las redes sociales de insultos, imágenes sexistas, alusiones fálicas, o argumentos que acaban culpando a la víctima intercambiando los roles de una manera alarmante. La sentencia es clara: es una guarra por hacerse esas fotos. 
No quiero entrar en el tema de los límites y politizaciones que se hacen del cuerpo de la mujer porque tengo un trabajo que continuar, pero estando en el año 2014 que haya que ver esto me parece lamentable y preocupante. Y ahí reside mi miedo, que las sociedades se enorgullezcan de su democracia, su igualdad, libertades y diversidades, y salga una mujer enseñando cacho y hasta las mujeres se posicionan en su contra. 

Hay que educar la sociedad de una manera mucho más profunda, y en este proceso de base estriba también el papel que juegan los medios de comunicación y las redes sociales..  La cosa es mucho más seria que unas tetas y un culo. 


Por otra parte, por fin septiembre... ya queda menos..

September - Earth, Wind & Fire

viernes, 29 de agosto de 2014

Reflexiones (I)

De globalizaciones, multiculturalidades, diversidad, tolerancia y respeto.
Creo que resume bastante bien algunos problemas de base de los conflictos que se están dando hoy por hoy y de los que, pésima y políticamente, somos informados desde los medios de comunicación.

“No quiero mi casa amurallada por todos lados, ni mis ventanas cerradas.
Yo quiero que las culturas de todo el mundo soplen sobre mi hogar tan libremente como sea posible,
pero me niego a ser barrido por cualquiera de ellas”.
Mahatma Gandhi

A millon little pieces - Placebo

Sin verano ni tiempo, con mucho por hacer. Disculpad mi abandono total a este espacio y los vuestros...

domingo, 15 de junio de 2014

Todo lo que debería haber visto en el Primavera Sound 2014... y no vi.

Soy consciente que no tiene ningún sentido hablar del Primavera Sound dos semanas después de que Djcoco diera por finalizado el festival ese domingo por la mañana, y mucho menos habiendo ya tropecientos artículos y críticas de conciertos y grupos, públicos y modas, lluvias y catálogos arcoiris. Ninguna intención.
Esto es una (no)lista. ¿Por qué hoy, ahora? Y yo digo, ¿no resultaría agradable que por un rato se dejase de hablar y leer sobre el Sónar (al que no he ido), de lo militante que son los Massive Attack y de cómo va de puesta la gente..? 
Lo cierto es que he estado escuchando otra vez 'granada', el último disco de Sílvia Pérez Cruz y Raül Fernández Miró, y la escucha me ha generado un autoodio muy grande por no haber estado en el Auditorio del Fórum escuchándolos durante el festival. Pero hay más autoodio por aquí de otras no-asistencias, sí, heus ací el germen de esta no-lista..  

(Últimamente vivo un poco absorbida por otras cosas. Un poco de aquí y de allá, lo suficiente para abandonar este rinconcito y volver siendo incluso un año más viejina. 24, leches qué rápido pasa el tiempo)

Pequeño vals vienés - Sílvia Pérez Cruz y Raül Fernández Miró (aka Refree)
(En general ni consideré lo patrio. Por haberlos visto, por proximidad... Mishima, Manel, Joana Serrat, Fabián, Nacho Vegas, The Free fall band... Bueno, no, a Za! sí que los vi, justo después de Black Lips)

Revolution - Dr. John

Love more- Sharon Van Etten 

Victim of love - Charles Bradley 

An ocean in between the waves - The War on drugs

Marquee Moon - Television

Zip city - Drive-by Truckers

Mogwai fear Satan - Mogwai 

Wave Goodbye - Ty Segall

Ever fallen in love - Buzzcocks

Death to kosmische - The Kronos Quartet

Bonus track
Mladic - Godspeed you! Black Emperor


Qué dolor, sí. La mayoría tienen explicación, solapaciones (NIN, Slowdive, Queens, The National, etc.), necesidades vitales, esas cosas.

Oh, me olvidaba. Mañana season finale de la cuarta temporada de Game of Thrones. He leído los libros y aún así me muero de ganas por verlo, promete mucho!! Sólo digo eso. Y también prometo una entrada futura con algunos de los mejores títulos de crédito de la historia seriéfila. Aunque probablemente mis quehaceres y el máster sólo me den tiempo para una lista...  Os debo unas lecturas.. 

lunes, 19 de mayo de 2014

ENTREVISTA: Fanzine Bulbasaur


«Los temas que tratamos son temas serios y no se tratan de una manera vulgar o frívola ni se intenta decir lo que no es. Se habla de violencia, de capitalismo... Es sólo que tenemos una estética pop».

Blanca Miró, Mirena Ossorno y Andrea Alvarado son las tres mosqueteras que tejen el fanzine barcelonés con nombre de personaje de Pokémon, Bulbasaur. En este momento de bonanza que están viviendo los fanzines, el suyo ha conseguido posicionarse en poco tiempo dentro del mundillo de la autoedición y la reivindicación feminista. Ahora sacan a la venta su tercer número, presentado hace un par de semanas en la feria Libros Mutantes (La casa encendida, Madrid), y recientemente en el Gutter Fest 2 (Hangar, Barcelona).

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Sentadas en una mesa de la terraza interior del ateneo barcelonés de la calle Canuda, Andrea y Mirena entrecortan sus palabras, hablan y se ríen como lo habrán hecho cientos de veces desde que empezaran su periplo por el mundo fanzinero feminista. Irá para dos años. En nuestra mesa, apartada en un rincón, el sol parece querer divertirse con las plantas circundantes en una suerte de juego de claroscuros. Es, sin duda, un lugar particular, apartado del bullicio del centro de la ciudad; un patio que se ríe del turismo exacerbado, de los problemas de gentrificación del barrio y de la era de la hiper-tecnologización. Resulta inevitable, de vez en cuando, reparar en la banda sonora que nos acompaña. Bitter sweet Symphony. The Verve 0, Los pájaros del Borne 1. El estrambótico decálogo musical que le sigue no consigue tampoco sobreponerse a sus cantos. Todo muy kitsch, cierto, acorde con los asistentes de aire burgués que leen distraídos en sus mesas, ajenos a nosotras, a nuestra pequeña cruzada contra el estado actual de algunas cosas, de un cierto malestar muy latente.
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Desde que os juntasteis y decidisteis que queríais hacer el fanzine, ¿cómo ha sido el proceso?

A: El fanzine tardó bastante en cocerse. Le dábamos muchas vueltas pero nos costaba encontrar saber cómo queríamos que fuera, qué temas tratar o cómo los trataríamos.  
M: Queríamos buscar un tema y al final nos pasó que pensamos en una serie de colaboraciones distintas y ya salió solo. De repente teníamos el fanzine.

Pero os reserváis siempre un espacio para cada una.

M: La división del trabajo tampoco está muy definida, es un poco sobre la marcha. Andrea lleva más la parte de texto; Blanca ilustraciones, yo la parte gráfica… En realidad lo gráfico lo hacemos mano a mano entre las dos y nos partimos la portada. Pero luego es eso, o le pedimos algo concreto a alguien o esa misma persona se ofrece.
A: Hemos focalizado nuestras colaboraciones en gente que conocemos, que nos relacionamos en el día a día. El segundo y el tercer fanzine salen más solos, porque ya empiezas a conocer a más gente que te dice de colaborar. Tenemos gente que iba a entrar para el tercero, pero lo guardamos para el cuarto.

Algunos proyectos optan por la creación colectiva abierta a todo el mundo, ¿a vosotras no os interesa?   

A: Normalmente lo de convocatorias abiertas que hace mucha gente, como Andrea Galaxina de Feminizine, nosotras no lo solemos hacer. A mí me da cosa rechazar, y creo que a Mirena también.  
M: Sí, no me gusta decir que no, entonces si lo puedo evitar… También me gusta esa parte de editora, de investigar. Prefiero estar buscando yo misma la gente que recibir propuestas y luego hacer una selección.

Pero siempre las colaboraciones son de gente del país… ¿Os habéis planteado otro tipo de colaboraciones?

A: Sí, por ahora sólo tenemos colaboradores de aquí. Me molaría mucho contar con algunas colaboraciones de fuera pero también por los temas que se tratan. Por ejemplo, aquí el tema de las nuevas masculinidades se trata menos. 

¿No creéis que las nuevas masculinidades podrían generar rechazo en el círculo feminista?

A: Yo creo que no chocaría con el público feminista. Creo que el tema de las nuevas masculinidades dentro del feminismo se considera como algo importante, pero a lo mejor me estoy equivocando. Hay ciertos planteamientos que sí chocan como el activismo misógino de los Men’s rights activism (MRA) en EUA, pero otros se llevan bastante bien con las cuestiones feministas. Se pueden generar alianzas posibles, como con lo queer, transfeminista… Estar abierta y sin encasillarte.  

De algún modo entonces, ¿queréis desligaros un poco del arquetipo del público feminista?

M: Lo que nosotras queremos es romper un poco los estereotipos. La cosa no es hablar a las feministas ya convencidas, sino difundirlo con más gente. Lo que importa es el contenido y al ser bastante variado, puede interesar a mucha gente. Es interesante cómo personas de muchas clases diferentes se han ido poniendo en contacto con nosotras. En la jornada de Hangar con el segundo fanzine vino gente con hijos, gente que parecía haber salido de las guardias del hospital…
A: El target final acaba saliendo un poco solo. Hay un público feminista que siempre va a estar sí o sí. La gente más de movimientos de base, de movimientos feministas de toda la vida, han acabado viniendo ellas.

¿Qué trabajo de promoción y medios habéis hecho para tener el éxito que estáis teniendo?

A: Es una mezcla de dos, de unos contactos previos que ya teníamos, y de que la gente nos ha hecho mucho caso por X motivos. Porque algunos les gustamos, porque ahora de repente el feminismo mola, porque el fanzine tal… También en el mundo fanzinero quizás sea más fácil porque todo el mundo se conoce.
M: Para difundir hemos utilizado los medios que estaban a nuestro alcance. Juntar los contactos de las tres, Facebook... Si no te pones en una red que puedas darte a conocer, aunque sea a la gente más minoritaria, es complicado. A mí también me costaba hacerme publicidad, pero con Bulbasaur he aprendido mucho de esto. También hemos tenido suerte porque al final se ha generado como una serie de gente alrededor que nos está apoyando y nos cuela, en la prensa y todo.

Pero el fanzine no genera dinero, ¿no?

A: Dinero no da, pero tampoco perdemos. La idea es que se autofinancie. Cada vez hay que ir pagando menos. Mira, para este tercer número, la cosa va bastante bien, se va a ir pagando sólo casi todo. El primero eran menos copias, 300, con un formato más pequeño que el segundo, que ya era más caro, y no fue tampoco muy complicado. Para el tercero tenemos una suma de dinero para pillar casi la mitad y habrá que poner la otra mitad, que se irá recuperando a medida que se vayan vendiendo. En teoría lo recuperamos todo y guardamos para el siguiente. Y luego hacemos cosas como actividades tipo charlas, talleres, cine… En el segundo fanzine parte del dinero que se generó durante la jornada en Hangar, después de pagarlo todo, fue para financiar otra tirada del segundo número. También si hacemos evento y generamos algo de dinero sí que hacemos un reparto entre la gente que participa. Algo simbólico.

Porque no pagáis las colaboraciones del fanzine…

M: Es gente que tiene otros trabajos y obligaciones y esto lo hace por gusto. Entonces, tampoco puedes exigir, te sabe mal. Se entiende que suelan tardar más de la cuenta, pero sí que pedimos un mínimo de responsabilidad. Siempre salen retrasos y una semana antes de maquetar aún recibo colaboraciones, pero bueno, ya vamos por el tercero.

La convergencia digital ha posibilitado en parte este boom que está viviendo el fanzine en los últimos tiempos, y muchos, de hecho, pueden encontrarse online. ¿Cómo funciona el tema de la distribución de vuestro fanzine?

A: Online no están. Se puede comprar online por Bigcartel. Y cuando se agoten, pues subirlo sí. El primero que ya no queda, de hecho ya lo prepararía.  
M: En las ferias nos va bien porque no se paga el estante, tenemos un público fiel y, como sólo son 5€, creo que a la gente comprar el fanzine no le entorpece luego el plan de ir a cenar. La distribución en tiendas, como La Central, en Madrid y Barcelona se vende bastante bien. En el norte también porque suele haber movimiento de autoedición y son más dados a eso. Sí que queríamos hacer más porque normalmente este tipo de cosas siempre queda en las grandes ciudades, pero también es complicado porque tampoco hay mucho público, sobre todo en la zona del sur. Murcia es aparte porque hay un festival y más movimiento..
A: Si lo vendemos nosotras recuperamos todo y ganamos un poco. En librerías se quedan un 30-35%. Algunas se quedan un 18% y otras pueden llegar al 50%, pero siempre mantenemos el mismo precio. Vender feminismo a 10€ no, sería un poco elitista.


    
Enseñar y visibilizar son las bases para institucionalizar y legitimar lo que socialmente entendemos por el gusto, el Arte, la cultura, a través de diferentes equipamientos, espacios... Pero, ¿quién establece los criterios?

M: En el caso de chicas siempre se relaciona con madres, cosas de mariquitas, aburridas… Yo misma decía, ¿cosas de chicas? No, quiero cosas de chicos.
A: Y no sólo de chica-chico, sino también en términos de raza. ¿Quién decide los parámetros? ¿Por qué ha tardado tanto tiempo el Primavera Sound en meter música africana? ¿Por qué en el Primera Persona (CCCB) sólo hay música indie inglés o música occidental? Si tu trabajo es el de curador o programador, tu trabajo es ser curioso e investigar, sin homogeneizar. Es complejo, pero tienen una responsabilidad. No sólo de programar lo que a ellos les gusta programar a sus cuatro amigos.

Entonces, el problema no es que no haya mujeres, sino que no se visibilizan.

A: En general siempre es minoría la mujer.  
M: Teodoro, el punky, es un dibujante que se puso en contacto con nosotras y con quien intercambiamos fanzines. En uno de los últimos suyos, “Escupe al alcalde”, criticaba mucho el machismo dentro de la escena punky-hardcore. ¿Cómo podía ser que esa gente tan anárquica, luego reprodujera estos esquemas? También en el Primavera Sound, o en el tour del PS donde las únicas chicas eran Luciana y Alba. Es que siempre va a ser minoría, incluso en cosas como la ilustración y el cómic, que hay muchísima mujer,  hacen luego antologías y son todo tíos. Las chicas tienen que hacer una antología aparte, como Enjambre.

Y cuando se visibiliza a veces se hace mal. Por ejemplo, las chicas de la Asociación de Autoras de Cómic se quejaban que en el Salón del Cómic las juntaban a todas y las ponían en una misma sección, “de mujeres”.  

A: Es difícil a veces lidiar con esto. Enfrentarte a que te pongan en un sitio a parte. O con la música, los grupos “de chicas” como género, juntando grupos que no tienen nada que ver salvo porque son de chicas.
M: Es jodido. Pero es que los medios no ayudan nada. Es muy difícil de cambiar porque como la visión es masculina de siempre, cuando sale algo “femenino” es de chicas. Algo de chicas. ¿Qué necesidad hay de recalcarlo?

Visto así, ¿estáis a favor de la discriminación positiva?  

M: Yo no estoy del todo a favor de la discriminación positiva, me cuesta un poco. En el fanzine obviamente queremos visibilizar más a las chicas, pero tampoco dejar del todo fuera a los hombres. Los hay sí, está Víctor que es el que escribe nuestras entrevistas por ejemplo. Pero es como que se invierte, en lugar de ser una chica o dos, que sean mayoría.
A: Yo sí estoy a favor, creo que estas acciones funcionan. Pero le cambiaría el nombre, no es muy acertado. Ahora todo el mundo usa el término de discriminaciones positivas, pero yo hablaría de acciones positivas. De hecho, en el número 3 del fanzine hemos hecho una entrevista a Female pressure, que es un festival de tías de música electrónica en Berlín y al preguntarle qué respondería ella si alguien le acusara de hacer discriminación positiva, ella mismo hizo el cambio y empezó a hablar en el término de acción positiva. Creo que es una medida necesaria. Uno, hay una cosa pragmática del, si no podemos estar donde se supone que hay que estar, nos lo montamos nosotras. Y luego, muchas veces se ataca a la discriminación positiva (ahora uso expresamente este nombre) por estar repitiendo lo mismo y discriminando a los tíos. Es mentira. Tú no puedes discriminar al grupo hegemónico. No puedes discriminar a los hombres porque los hombres no están discriminados. No existe una discriminación hacia los hombres, no se puede hablar en estos términos. El hecho de que en un momento determinado utilices X mecanismos para visibilizar el trabajo que hacen las mujeres, es una cuestión individual. Es muy perverso porque no se acaba de explicar toda la parte de la historia. Ya no es porque por el hecho de ser mujer, podamos tener un festival de creación femenina... No lo tengamos asumido. Por el hecho de ser hombres ya están privilegiados todo el rato, la vida les va un poquito mejor por ese hecho.

Parece como si ser molesto o políticamente incorrecto como la Filósofa Frívola fueran las vías para el cambio y la reivindicación. ¿En qué lugar os posicionáis con el fanzine?

A: Yo no veo que Bulbasaur sea amable. Quiero decir, que los temas que tratamos son temas serios y no se tratan de una manera vulgar o frívola ni se intenta decir lo que no es. Se habla de violencia, de capitalismo... Luego tenemos las entrevistas o hablamos de artistas, que te aporta la inyección de vida. Es sólo que tenemos una estética pop. Una amiga mía me explicó por qué funcionamos, decía que descodificamos todos los códigos que se asocian con los movimientos sociales, con el feminismo de base. A través de otra estética, de una estética pop, podemos llegar más fácil a una gente que quizás se frenaría.
M: La estética es engañosa. No estamos tiñéndolo de rojo y levantando el puño. Si en lugar de atacar de manera agresiva y de ser violento estás dando otro tipo de energía, le llegas a la gente de una manera positiva. Lo que yo estaba intentando hacer con la parte gráfica era que diese energía, como vida. Los colores del primer fanzine atrajeron mucho a la gente. El tercero es más sobrio. Pero al final la estética es un acompañante, sí que tiene mucha fuerza, pero la estética siempre acompaña a algo.

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En honor a la BSO del Ateneu. Corría el año 1997...

Bitter sweet symphony -The verve

jueves, 8 de mayo de 2014

Las mujeres en la serie Mad Men (parte III): La herencia de la madre (1)

Frustraciones y fortalezas de las mujeres en la serie Mad Men 

Cara A: Un retrato sombrío de la feminidad estadounidense de los sesenta

Pinceladas contextuales
El ángel del hogar
La herencia de la madre
Espejos y reflejos

Cara B: Visiones crepusculares de un pasado agridulce

La mujer como objeto
La nueva mujer
La revolución sexual
Frentes nuevos en el mundo laboral
La felicidad es imposible 

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NOTA: ¡SPOILERS A LA VISTA!

Parte III: La herencia de la madre (1)

Sin compartir los presupuestos del “pensamiento de la diferencia sexual” del que Luce Irigaray se erigió como el estandarte más visible, resulta incuestionable para la mujer feminista que haya una preocupación sobre qué hacer con la herencia de la madre: rechazarla, asumirla o resignificarla. Para el recuerdo permanecen ciertos personajes maternales de la ficción televisiva norteamericana del siglo XXI: la matriarca Ruth Fisher que quiere sacar adelante el negocio familiar y unir a los miembros de la familia mientras descubre paralelamente la libertad y el placer a partir de la muerte de su marido (Six Feet Under); o esa inolvidable y tirana Livia Soprano que aún conociéndola en su senectud, es capaz de conspirar contra su propio hijo Toni (The Soprano). Por lo que respecta a Mad Men, el papel de la madre y por extensión, el de la hija, a pesar de ser uno de los puntos de análisis fundamentales para entender el comportamiento de estas mujeres, por lo general suele pasar desapercibido y no se le presta excesiva atención. Eso sí, habría que puntualizar que el papel que aquí nos interesa es el de la madre en referencia a las hijas y la relación que con los años se establece entre ambas. No en vano los guionistas de la serie han tenido a bien de hacerlas pasar a todas ellas –entiéndase, nuestros personajes femeninos de primera línea- por el proceso de la maternidad, siempre teniendo en cuenta sus respectivas diferencias y contextos personales.

La sumisión de Trudy y su papel en el matrimonio como una parte consultante y de apoyo al marido (pero no determinante a la hora de decidir sobre cuestiones importantes), se advierte, más allá de las palabras y los diálogos, en la composición de ciertos planos y en el modo en que, cual protocolo real, el hombre se simboliza como el rey de la casa, permaneciendo sentado mientras la mujer espera de pie a su lado. La escena del capítulo 2x02 “Vuelo 1” en la que Peter está en casa de sus padres preparando el funeral del progenitor es un claro ejemplo de esta disposición. 

Lo cierto es que no debe extrañarnos la predisposición de Trudy a la docilidad porque esta manera de proceder y de asumir este papel lo ha heredado de su madre y de lo que en casa se le ha enseñado como normal. En el capítulo 1x13 “La rueda” Peter al llegar a casa encuentra a Trudy con sus padres esperándole para celebrar una buena noticia y en este caso, ahí es la madre la que cumple la función de permanecer detrás del marido. 

Así mismo, la apertura de este mismo capítulo también la protagonizan estos cuatro personajes, pero resulta del todo esclarecedor ver cómo lo hace Matthew Weiner, quien se guarda para sí la dirección del último episodio de todas las temporadas.
El capítulo se inicia con un plano detalle de unas telas y dos mujeres hablando en fuera de campo acerca de unas cortinas. Progresivamente un zoom out nos permite ver quiénes son estas dos mujeres que oíamos hablar de temas del hogar, pero la cámara, lejos de detenerse en esta conversación que poco aporta a la trama, sigue avanzando permitiendo que el plano vaya abriéndose más. 

Las voces de las mujeres se difuminan y es una voz de hombre la que ahora domina la escena. Habla de Nixon y de fútbol americano, y entendemos que es el padre porque, en parte, las “mujeres de su vida” siguen en el plano, pero de fondo. El plano sigue en avance convirtiendo un plano medio en general, hasta que nos presenta el interlocutor del padre de familia: su yerno. Una vez presentada la estampa familiar, el director deja de interesarse por el retrato y la composición y prioriza el entendimiento del diálogo entre padre y yerno mediante la elección de planos contraplanos a la manera clásica. A Weiner en ningún momento le ha interesado lo que pudieran decir las mujeres, y de lo poco que dicen se sirve para sustraer una simple dicotomía de los supuestos temas propios del género femenino y del masculino.

Antes había mencionado a raíz del divorcio de Joan, que Trudy en la sexta temporada también acabaría dando por terminada su relación con Peter. Lo curioso de su determinación estriba en que ella no empieza a vislumbrar realmente su frustración en el matrimonio hasta que consigue lo que más le atormentaba como mujer: ser madre. La presión por parte de sus padres de aumentar en número la familia se iba acrecentando con el paso de las semanas y de las visitas a médicos especializados y agencias de adopción a las que Peter se negaba a acudir. Parecía que todo lo que viera había de recordarle su fracaso como mujer a la manera en que se pensaba en la época, hasta que (presumiblemente por razones argumentales derivadas de la necesaria evolución del personaje cuyo desarrollo empezaba a quedarse estancado), llegó la maternidad. El embarazo y la niña parecieron reportar a la pareja una estabilidad y una posición en la sociedad un escalón más elevado, que se verían cristalizados en el cambio de residencia a las afueras de la ciudad. Aunque ahora Trudy pudiera equipararse a la madre con una casa de barrio residencial del mismo modo que lo era Betty, no lo hace con el estilo de ella ni con el que en las revistas femeninas se recomendaba para la mujer. Teniendo en cuenta que primaban antes los éxitos del marido o de los hijos que los propios de la mujer como persona, para mantener a las mujeres en casa se extendió un movimiento relacionado con la felicidad de la vida marital en el que se daban normas o consejos. A saber, vestir más sexy o darle la bienvenida al marido con un Martini eran algunas de las indicaciones que, al parecer, evitaban que el hombre echara el ojo a alguna otra mujer en el camino a casa, y más a sabiendas que muchas de las esposas quedaban apartadas del mundo de los “hombres y las ciudades” en sus barrios donde nunca pasaba nada. Sin embargo, en Trudy sí vemos ese descuido durante la quinta temporada tras el parto y el cuidado de la nueva casa. En ningún caso ello justificaría las infidelidades de Peter, pero nos aproxima a una visión más real de la esposa que no es ni Marilyn ni Jackie. Lo que se pone de manifiesto también aquí es la importancia del físico y de un aspecto cuidado de la mujer para encontrar marido y ser capaz de mantenerlo.

Ahora bien, sería una puerilidad creer que las mujeres podían escoger al hombre con el que querían casarse, y marcarlo con la marca de su pintalabios tal y como se vendía en una campaña para pintalabios Belle Jolie del capítulo 8 de la primera temporada (“El código del vagabundo”). En ella Don vendía la publicidad del producto bajo el eslogan “Marca a tu hombre” y lo razonaba diciendo que la mayor de las elecciones de las mujeres era la de elegir a su hombre y que, con la marca de su beso, querían gritarle al mundo que ese hombre le pertenecía a ella y no a la otra. En un primer momento puede sorprender que sea el hombre el ser objetivizado por la mirada femenina, pero a decir verdad es una máscara, una manera más de encubrir el sentimiento masculino de saberse erróneamente conocedores de lo qué quieren las mujeres y de que ellos, desde su posición dominadora, les conceden la ilusión de creer que tienen más poder de decisión del que realmente tenían. No hay que olvidar que en la década de los cincuenta-sesenta las mujeres que acudían a la universidad eran mal vistas –por quitarles una plaza a la que tenían más derecho los hombres “porque habían de sacar adelante una familia”- y presas de la convicción impuesta por la sociedad de que era allí donde debían encontrar un buen partido. Sin ir más lejos, el ejemplo de Margaret, la hija de Roger y Mona, que hasta el último momento se plantea qué le ha llevado hasta ahí y si es conveniente anular el matrimonio o no.

No importaba cuánto hubieran estudiado y qué tan buenas eran en algo, durante esas décadas las mujeres no elegían al hombre, sino que eran elegidas. Y luego acababan confinadas en una casa como le sucede a Betty, sintiendo esa frustración existencialista que ella exclama en su visita al psicólogo “Te sientas y fumas y esperas a que pase la vida” (1x09 “Mira el pajarito”). El componente añadido en Betty, además, es su inmadurez, y aunque sea bien visible a lo largo de la serie, resulta impropiamente exagerada en la extraña relación que establece con Glen, el hijo de la vecina Helen Bishop, un niño de nueve años enamorado platónicamente de ella. En el capítulo 1x13 Betty acaba de descubrir que Don habla con su psicólogo de todo lo que ella le cuenta en confidencia. Al borde de la crisis por la inestabilidad de su matrimonio, con el dolor aún vigente por la muerte de su madre y preocupada por los temblores de sus manos, acababa sincerándose en el parking con Glen pese a la prohibición de la madre del niño de hablar con ella. Betty dice no tener a nadie a quién acudir, a lo que Glen responde que es horrible y le pide que no llore. Esa imagen del niño al que le faltan algunos dientes y que, sin entender, coge de la mano a una Betty que entre sollozos se desmorona, nos golpea. Y lo hace por lo desolador que llega a resultarnos el contexto personal de ella al verla pidiéndole a un niño de la edad de su hija que le diga, por favor, que todo irá bien. Como si fuera una niña entristecida con el mundo exclama que “los adultos no saben nada”.

Habiendo llegado a este punto de inflexión por parte de Betty nos hubiera gustado pensar que en la segunda temporada experimentaría un giro en su personalidad y su madurez, pero esa mejoría realmente nunca se acabará dando. Betty, que hereda de su madre la preocupación perpetua por la imagen y el peso, era una niña, como confiesa en sus sesiones al psicólogo (1x09) que estaba gorda de pequeña y comía mucho. Seguramente por los constantes comentarios de su madre al respecto –como ella misma recuerda “Mi madre solía decirme «te pondrás gorda»-, Betty intenta no ejercer la misma presión en su hija, cosa que sí hace, por ejemplo, Sarah, la amiga de la hípica: “Es un crimen poner mallas a niñas gordas” (2x03 “El benefactor”). Si bien es cierto que Betty le responde quitándole hierro al asunto, también lo es que éste era un discurso imperante que las niñas desde pequeñas ya iban escuchando en casa y que respondía, como confiesa Betty, al hecho de que las madres querían que estuvieran guapas para poder encontrar a un hombre.
De hecho, las niñas al imaginar su futuro lo amueblaban como esa casa de muñecas ideal a escala real, con un marido y unos hijos perfectos. Ése era el futuro deseable: ser como sus madres. Y una mínima bifurcación de ese recto camino, por mucho que se ciñera a mantener el status quo heterofalocrático, era mal visto. Betty, posteriormente, se hace modelo y se muda a Manhattan, pero esta decisión es despreciada por su madre, que llega incluso a llamarla prostituta. Al confesar estas memorias al psicólogo queda patente su resquemor e incomprensión ante la actitud de la madre, una tensión que siempre quedará latente, como latente siempre está también el dolor causado por su muerte. En la primera temporada los problemas de temblores en las manos de Betty se deben a partes iguales al desconsuelo ocasionado por la pérdida del espejo en el que mirarse mistificado en la figura maternal, y por ese aburrimiento crónico que padecían las amas de casa de la época. La echa de menos y la entiende, pero a la par siente deseos de superar su figura, la sombra que siempre planea en su ser. En este sentido advertimos de qué modo en la primera temporada nos habla constantemente de la idea y la preocupación sobre la vejez cuando recuerda que su madre era realmente guapa hasta una edad avanzada y que sabe que se conserva bien por cómo la miran los hombres. Todo lo contrario, resultan reveladores los sentimientos ligados al embarazo: la sensación de envejecimiento que sintió al quedarse embarazada; y cómo después de dar a luz al tercer hijo en el capítulo 3x05 “Confuso” y tener una revelación con su madre, logra exorcizar su recuerdo y su imagen.
No obstante, retrocedamos en el tiempo. El momento en que la madre –¿o debería decir la Madre?- que hasta el momento se identificaba como un recuerdo opresor, se nos presenta por vez primera. 
Se trata del capítulo 2x10 “La herencia”. Aunque Don y Betty sigan en una de sus crisis matrimoniales, fingen seguir siendo la pareja perfecta cuando acuden a casa de Gene, el padre de Betty, tras el infarto de corazón que ha sufrido. En la casa se hallan también el hermano menor de Betty y su esposa, así como Gloria, la nueva compañera de Gene. Precisamente hemos de ir a la casa de los padres y verla ocupada por otra mujer para que se personifique la viva imagen de la madre y aporte su espacio en ese lugar. El momento adquiere una connotación simbólica: encontramos a Betty en la biblioteca contemplando un cuadro antiguo de su madre que preside la sala y que justo se encuentra encima de la chimenea con todo el simbolismo que esta parte de la casa representa. 

Aun así, seguimos sin ver la imagen real de ella, y en una serie poco predispuesta a los saltos temporales en flashbacks o flashforwards –más allá de los que se le permiten a Don, dueño y señor de la serie- parece que el momento como instante físico sólo podrá darse en una alucinación pesadillesca de Betty que justamente aparece a raíz del parto (3x05).
Buscando a su recién fallecido padre por los pasillos del hospital al haberlo tomado por un empleado del centro, Betty llega a la cocina de su propia casa hasta dar con él. 

En un inicio el padre, de espaldas, se niega a reconocer la identidad de Betty –como ya había sucedido en vida con alguna confusión- para luego, ante la insistencia de la hija, reconocer que vive en ese pasaje entre la vida y la muerte, en esa realidad desdoblada. 

Gene está limpiando sangre del suelo, lo que le lleva a pensar a Betty si se está muriendo en el parto. Y sangre también es lo que tiene en la mano Ruth, la madre de Betty; pero la del hombre negro, herido, que tiene sentado en la silla de la cocina donde tantas otras veces ha visto a sus hijos comer. Esta conjunción de elementos y de situaciones morbosas en los que la muerte está tan presente se da de un modo antagónico, en un espacio iluminado por la luz del día y con una gama cromática cálida. Todo ello, y especialmente por localizar la escena dentro del espacio doméstico, -en particular en esa cocina que funciona como epicentro familiar-, nos hace pensar en un concepto que Schelling esbozó y que posteriormente Freud tomó y reinterpretó para argumentar sus propios planteamientos sobre lo que definiría como Das Unheimliche. Curiosamente en la misma palabra se contienen dos expresiones antónimas: Heimlich que se refiere a lo familiar y agradable; y Unheimlich, aquello que permanece oculto y reprimido en lo familiar, o dicho de otro modo, lo que hay de siniestro en ello y que acaba aflorando inesperadamente con más virulencia.
No se me ocurre mejor referente cinematográfico contemporáneo que David Lynch y su Blue Velvet para hablar de un concepto que en su caso claramente marca todas y cada una de sus películas. Así, este film se inicia con unos planos de un idílico barrio residencial de los sesenta, con sus jardines cuidados y sus gentes sonrientes. Y sin dejar de sonar la famosa canción Blue velvet de Bobby Vinton, un hombre fallece en su propio jardín mientras regaba las flores. El plano, lejos de detenerse en el hombre o esperar la reacción de algún vecino, se introduce sinuosamente entre las plantas para descubrirnos lo que esconde la superficie de ese mundo superficial de las casas apareadas: un enjambre de escarabajos. En Mad Men no hay insectos –en el sentido literal de la palabra- pero siempre está latente esta idea desapegada del desencanto de los sesenta estadounidense, esta esquizofrenia que mencionaba nada más empezar el escrito
Tal y como indica el título del capítulo al que se estaba haciendo referencia (“Confuso”), Betty está teniendo un bebé y necesita más que nunca de su madre para darle consejos. Hay en este punto una regresión aún más acentuada a ese infantilismo que caracteriza el personaje de Betty, como demuestra que al imaginar a su madre lo haga creyendo que ha vuelto a ser niña “Me he dejado la bolsa en el autobús” y que es reñida por ella “Elizabeth. Cierra la boca. Te entrarán moscas”. 

En este breve intercambio de palabras queda patente el carácter recio de Ruth –“¿Ves lo que les pasa a los que protestan?”-, aunque precisamente es por la falta de madurez de Betty que nunca ha sido capaz de asumir la figura de la Madre. Indiscutiblemente es la figura maternal que más incidencia tiene en un personaje de la serie aun siendo, paradójicamente, la que menos protagonismo tiene. De hecho, tras esta escena el personaje de Ruth desaparece por completo y parece retomarlo, en la cuarta temporada, Paulina, la madre de Henry. La belleza y la clase de Ruth no tienen parangón alguno con el sobrepeso y la falta de gusto de Paulina, pero ambas son mujeres fuertes que imponen disciplina, al menos a las niñas. Así es como procede con Sally, la hija de Betty, a quién parece querer educar dada la poca predisposición de su madre, ya abocada al descuido total: de la casa, los niños y ella misma. No obstante, analizar el personaje y la evolución de Sally –más interesante, sin duda, conforme van avanzando las temporadas y va entrando en su adolescencia- no es materia de este escrito, y aunque sería francamente provechoso estudiar la intermitente relación de madre e hija con Betty y ver de qué modo juega la propia experiencia de ésta en el rol inverso, voy a tener que abstenerme de ello.

© Gemma Bachs 
***

Voy a tener que hacer dos entregas de esta tercera parte porque se está alargando mucho.. 

Próximo jueves. Parte IV: La herencia de la madre (2).
¡Le tocará el turno a Joan y Peggy! 

Y aprovechando que en el capítulo 4 de esta semana (7x04) el personaje de Margaret Sterling vuelve a sacar a colación el tema de la maternidad, haré también unos breves apuntes al respecto de la sexta y séptima temporada. 

Antes, pero, os hablaré del Gutter Fest (la feria de autoedición que se celebra mañana y el sábado en Hangar) y de las chicas del fanzine Bulbasaur con las que tuve el placer de encontrarme este martes. Y un poco si puedo, y me queda tiempo, de lo que me parecieron "El joc de l'amor i de l'atzar" (Pierre de Marivaux, TNC) y "Els feréstecs" (Lluís Pasqual, Teatre Lliure).

Me despido con la canción con la que también lo hizo Mad Men el domingo pasado..  


On a carousel - The Hollies 

lunes, 5 de mayo de 2014

Dies de frontera (Vicenç Pagès Jordà)


Como le leí a Ariadna Oltra hará un tiempo, mis opiniones son mías. Ella lo decía en referencia a los RT del Twitter; yo, porque me acojo a la libertad de expresión, incuestionable, subjetiva, personal, no compartida si es preciso.. 
Dicho esto, heus aquí mi crítica al último libro de Vicenç Pagès, Dies de frontera, galardonado con el Premi Sant Jordi 2013 y recientemente también, distinguido él, con el Premi Nacional de Cultura aquí en Catalunya. 

La sinopsis la encontraréis en cualquier web, Fnac, Casa del Libro, o librería con más personalidad que éstas dos últimas. Mi vivencia con el susodicho libro es lo que prosigue...   

*

Realismo del que puede llegar a doler

Percibimos, no sin azoramiento, que en algún punto de la novela las palabras parecen manar de nosotros, de nuestro yo pretérito o futuro, que nos adentramos en ese espesor mental de quien se sabe perdido. Aprender a decir adiós a la juventud y no encontrar tu lugar en el mundo. U otra variante, a cuál más indigesta, temer aceptar que el futuro no es más que la continuación de un presente que a veces parece no bastarnos, con sus cotidianidades, sus nimiedades, sus sopas de verduras y sus voy a por el pan. Y en medio, un pequeño agujero negro que nos carcome por dentro, que nos sacude; ese niño pequeño que quería ser astronauta, sin miedos, esa niña pequeña que quería parecerse a su madre. Teresa seguramente en esas tardes en el piso de la Calle Pi i Maragall soñaba con ser una sirenita, aun cuando siendo pequeña sentía predilección por el cuento de la Caperucita Roja. Sirena, como esas orquídeas que crecen en paraderos inhóspitos; viviendo a caballo de dos posturas, la ambición y la resignación, de dos tiempos, presente y futuro, o quizás tres en este juego, pasado. No nos malentendamos tampoco, no es que ella sea una rara avis, todos vivimos en esta dualidad existencial, pero no por ello, de vez en cuando, no dejamos de sentirnos especiales.

Algo así podría atribuírsele a Dies de frontera. Vicenç Pagès no cuenta nada nuevo, pero lo cierto es que el prisma con el que lo hace consigue llamarnos la atención. Digamos que las páginas avanzan a buen ritmo entre nuestras manos, que te interesas por Pau y Teresa, aunque eso sí, más por Pol y Lola. Mal signo cuando los personajes secundarios en sus pocas (e histriónicas) intervenciones les pueden robar el protagonismo. Ahí quizás estriba el problema de la novela de Pagès, esa manca por conseguir que la historia no se estanque en algunos puntos, ese distanciamiento con el que vivimos el pendular de la pareja. Las situaciones, las dudas e inquietudes en sí podrían ser las nuestras, o las del vecino del tercero segunda, pero lo que realmente acontece a los personajes pasa como pasan los coches, diaria y monótonamente, por la frontera de la Jonquera que el escritor nos describe. Y con todo, al final de la novela descubres que no te entristece abandonar a Pau y Teresa.

A lo largo del libro no puede una evitar pensar en la postura que Vicenç Pagès adopta a la hora de narrar, sabedor de su buen escribir sintáctico y metaliterario, de su léxico preciso y cuidado. En estos tiempos contemporáneos de apología a la dislexia, si bien se agradece que se tenga cura por lo que se dice, sobre todo importa cómo se pone en palabras. Aunque también sea en esta suerte de arte funambulista de inserir referentes, que el autor acabe, incluso, pecando de ellos. Una acumulación de capas en la que los primeros guiños nos hacen gracia o nos sacan una sonrisa; mientras los últimos dan paso a la fase de indiferencia: una geografía que conocemos, unos parajes intelectuales que frecuentamos. 

En pocas palabras, y como buen demiurgo que es, Pagès juega con los puntos de vista del narrador, los personajes, los tiempos y las formas. Y ahí reside seguramente gran parte del éxito de la novela. El resto es un paseo por los recovecos del propio ser, del devenir de padres e hijos, de la futilidad de pensar en las grandes empresas vitales que nunca se acometerán, y de la importancia de la mediocridad, la nuestra, la del día a día. Realismo del que puede llegar a doler, del que te hace pensar. Esa Life for rent que habrá sonado repetidamente en la cabeza de Teresa. 

Afraid of everyone - The National

jueves, 1 de mayo de 2014

Las mujeres en la serie Mad Men (parte II): El ángel del hogar

Frustraciones y fortalezas de las mujeres en la serie Mad Men 

Cara A: Un retrato sombrío de la feminidad estadounidense de los sesenta

Pinceladas contextuales
El ángel del hogar
La herencia de la madre
Espejos y reflejos

Cara B: Visiones crepusculares de un pasado agridulce

La mujer como objeto
La nueva mujer
La revolución sexual
Frentes nuevos en el mundo laboral
La felicidad es imposible 

***
NOTA: ¡SPOILERS A LA VISTA!

Parte II: El ángel del hogar 

El recorrido de la crítica feminista partió, grosso modo, de la denuncia a una representación errónea de la mujer que anulaba su imagen como tal –como Claire Johnston en 1973 manifestaría tanto del cine comercial como de autor- y desembocó en el desencanto de la irrepresentabilidad de la feminidad.
El Feminismo en sus múltiples intentos por definirse siempre se ha cuestionado las preguntas de qué era una mujer, en qué consistía ser femenina y qué había de malo en ello, llegando a veces a la conclusión de que la mujer como tal no existía. En este sentido Teresa de Lauretis se refirió a la existencia paradojal de la mujer al estar “al mismo tiempo atrapada y ausente en el discurso”, por hablarse constantemente de ella pero siendo “inaudible e inexpresiva en sí misma; una existencia que se despliega como un espectáculo”. Para Judith Butler, en cambio, el problema era una cuestión más de índole nominal al respecto del término “mujeres” ya que, en su parecer, la expresión “mujeres” en plural naturalizaba una imagen de la mujer que constreñía su pluralidad y, a su vez, las individualidades de cada una de ellas.

La disensión aún es mayor en opiniones y posturas cuando es el hombre el que quiere responderse a estas preguntas, u otras de universales, como qué es lo que quieren las mujeres. Siendo una serie emplazada en una agencia de publicidad y, por lo tanto, pieza indispensable en la rueda del capitalismo salvaje, Mad Men se hace eco constantemente sobre qué imagen debería proyectarse para decirle a la mujer qué es lo que quiere y necesita. No obstante, en el capítulo 2 de la primera temporada “El tocador de señoras”, cuando Don está tomando una copa con Roger y se formula la pregunta de qué quieren las mujeres, la pregunta no va orientada en esa dirección. La cuestión podría recordarnos a otras miles de situaciones en las que anteriormente se la habría formulado con tal de trazar una campaña publicitaria que enganchase al target femenino, pero en esta situación se va más allá de la voluntad de agrupar el sexo femenino bajo un solo prisma. Detrás sobrevuela el trasfondo de la inquietud y el desconocimiento que le genera al hombre los desajustes anímicos de la mujer, en este caso Betty Draper, y de la incertidumbre sobre la eficiencia y adecuación de acudir a un psiquiatra, tan en boga como estaba en aquella época. Porque, como muchos teóricos han recopilado en sus libros y artículos, en los sesenta, si la perfecta ama de casa, esposa y madre era infeliz habiendo el gobierno, las revistas, la publicidad, y en definitiva, la sociedad, exclamado que el súmmum de la felicidad y el glamour consistía en convertirse en el “ángel del hogar”, es que se debía a razones de locura (1).

Ese arquetipo del ángel del hogar encerrado en ese “confortable campo de concentración” del que hablaba Friedan; y del que finalmente Betty, en la tercera temporada, parece querer huir. Nos referimos a esta decisión en hipótesis porque cuando finalmente decide abandonar a Don en el último capítulo –“Cierra la puerta y siéntate” (3x13)-, ya había trazado anteriormente el camino hacia otro matrimonio que le seguiría proporcionando esa ostentosa y cómoda vida de la que, al fin y al cabo, no está dispuesta a desprenderse. Betty no quiere dejar de ser la “mujer de”, ni mucho menos quiere verse tan desamparada como se ha visto unas semanas cuidando sola a los niños. Por mucho que ello se dibuje bajo un signo de libertad y autoafirmación.
Tomar las riendas de su vida y encararla con valentía como vio hacer a Helen Bishop, -a pesar de que ella misma afirmara que lo más duro era ver que estaba a cargo de todo-, no entra en su mentalidad forjada a base de conservadurismo. Y mucho menos, como vimos una temporada antes -2x13 “Meditaciones de una emergencia”-, después de recibir la noticia del embarazo. Una temporada, la segunda, en la que la sombra de la ruptura de la pareja ya planeó varios capítulos a raíz de las sospechas y acusaciones de Betty sobre una de las infidelidades no reconocidas de Don.
La futura llegada del tercer hijo marcó la decisión de Betty de reconciliación, pero no sirvió para sustentar una relación que siempre se alimentó del binomio belleza-éxito y anduvo en una nube de espejismos. Esta concepción de la familia y la moral no se nos adivina tan distinta de la de las sociedades burguesas en las que ya surgieron voces que denunciaron el papel tradicional de la mujer dentro del matrimonio y la familia. Frente a este modelo de esposa y madre sometida a las reglas del hombre, la escritora francesa George Sand, pseudónimo de Amandine Aurore Lucile Dupin, puso de moda la expresión “mujer incomprendida”. En las novelas burguesas del siglo XIX se extendió el tema de la familia como algo imperfecto donde la relación del matrimonio se veía resquebrajada. Pero, paradójicamente, es también en las sociedades burguesas que se originó propiamente la diferenciación de géneros: el hombre, cabeza de familia y “castrador”; y la mujer, encargada del cuidado amoroso. Aun así, los valores burgueses se fueron desacreditando y los novelistas más célebres empezaron a ahondar en la psicología de esta mujer insatisfecha que, en apariencias, buscaba evadirse del aburrimiento, de una vida de enjaulamiento como lo era la de la mujer desde el siglo XVI.
Un paso más adelante, el tema del adulterio empezó a ser una parte fundamental en la novela realista de la segunda mitad del siglo XIX, de la cual destacan novelas que llevan por título el nombre de sus grandes mujeres: la Madame Bovary de Flaubert, la Anna Karénina de Tolstoi, la Regenta de Clarín o la Effi Briest de Fontaine.

Es en este punto que tal vez podría aportarse un argumento a la crítica feminista cuando ésta percibe en Mad Men una visión sexista en el tratamiento de sus personajes. Mientras capítulo tras capítulo somos cómplices de las múltiples infidelidades de la gran mayoría del elenco masculino de la agencia de publicidad, el adulterio en el caso femenino es relatado con cuentagotas. El caso de Bobbie en la segunda temporada sería el único en el que se sigue un comportamiento adúltero semejante al masculino. Betty sólo lo hace en stricto sensus una vez, en el capítulo que clausura la segunda temporada (“Meditaciones de una emergencia”) en el que, como vimos, recibe la noticia de su embarazo; pero lo hace sólo mientras está separada de Don. La secuencia en cuestión se inicia con una Betty que deja a sus hijos en la habitación del hotel de Don para que pasen allí el fin de semana, tras lo cual, sale a la calle y se detiene para observar un escaparate. En una serie donde los objetos nos ayudan a contar estados anímicos o situaciones narrativas, realmente el escaparate importa más bien poco porque lo que hace puramente es la función de espejo, siendo éste un elemento en el que constantemente a lo largo de la serie las protagonistas se mirarán para calibrar su imagen física o su brújula moral.
Al final Betty decide hacer algo muy impropio de ella: entrar sola en un bar y tomarse una copa. Aunque en primer lugar eluda un flirteo con un hombre, posteriormente el encuentro físico se da en un despacho/almacén anexo a los servicios.


La escena está rodada de tal manera que los claroscuros dotan de una ambigüedad moral al personaje de Betty y ayudan a crear una atmósfera que ya empieza a intuirse cuando se dirige hacia los servicios: la incursión en las sombras, en la oscuridad. El trabajo con la luz, la elección de unos planos más bien cerrados y la gama cromática marrón rojiza para las paredes del pasillo crean la sensación de adentrarse en el Ello freudiano, en las pulsiones y los deseos del inconsciente. La moral queda aparcada definitivamente ya cuando confiesa estar casada y accede a entrar en el siguiente estadio moral cruzando el umbral de la puerta. El componente morboso y agridulce se origina al preceder la escena de otra en la que se nos muestra la acción paralela a la que realizaría Betty: Don con los niños comiendo en la cama del hotel. Este recurso de preceder o pasar a posteriori a una escena familiar se daba constantemente con las idas y venidas de Don, tratándose en numerosas ocasiones de uno de las decenas de planos de Betty sentada en la cocina mientras los niños comen.

Más allá de este puntual encuentro entre desconocidos, la infidelidad que se le achaca a Betty desde mediados de la tercera temporada con Henry Francis, quien posteriormente se convertirá en su segundo marido, no tiene apenas contacto físico –cartas y algún beso esporádico- y es fruto de la búsqueda desesperada de Betty por huir de su matrimonio y de un marido que no la valora. Por los mismos motivos de abandono en el hogar, la otra infidelidad femenina de la que podría hablarse es la de Joan Harris en la cuarta temporada con su ex amante y socio de la agencia, Roger Sterling. Sin embargo, el talante de la relación entre Roger y Joan es muy distinto puesto que, después de dejar en la mitad de la primera temporada la relación a escondidas que mantenían durante años, siempre hubo un cariño y atracción mutuos pese a las relaciones que ambos ya tenían. Así, con el vacío del hombre en casa y bajo la sombra de un matrimonio que nunca funcionó, Joan acaba en brazos del mujeriego hombre que siempre anduvo detrás de ella, pero eso sí, siempre manteniendo el temple y su carácter firme para controlar las situaciones. O al menos hasta la quinta temporada, en la que su personaje se desarrolla en una riqueza psicológica sumamente interesante e inestable. Una de las razones por las que hay tan pocas fricciones extraconyugales buscadas por mujeres puede deberse al hecho de que en la serie los personajes masculinos no aparezcan con un perfil de triunfadores que se singularice por su virilidad, deseo y seguridad. En Mad Men encontramos hombres de una clamorosa fragilidad psicológica disfrazada con un traje caro y un peinado con la raya en medio, que necesitan del cuidado y las palabras de la mujer fiel para no desmoronarse. Sólo Don parece emerger, al menos de cara a la galería, como el self-made man ingenioso, seductor y evidentemente, triunfador. Un hombre hecho a sí mismo que cambia de pasado pero que siempre es perseguido por su Rosebud particular. Asimismo, es el recuerdo de la Guerra de Corea y su propia transformación personificada en el cambio de nombre, otra de las obsesiones que atormentan su alma rota. La Guerra de Corea, la Segunda Guerra Mundial de la que Roger Sterling no quiere hablar y que sólo sirve para ensombrecerle el carácter, y la Guerra de Vietnam, sobrevuelan desde la segunda fila las tramas y las vidas de unos hombres que, como las mujeres, ansían una felicidad que no encuentran.

No obstante, el rol encomendado a la mujer en la vida real fue más allá, como bien se percibe en el papel que la propaganda norteamericana difuso para el regreso a casa de los hombres que combatieron en la Segunda Guerra Mundial. Las mujeres debían procurar un tipo de vida donde primara la normalidad con tal de que ellos, tras el horror de la guerra, pudieran volver a vivir una vida privada más íntima; una en la que no les afectasen las amenazas externas, la recesión económica o la guerra. Claro está que el papel del hogar en general y el de la mujer en particular con “el regreso a casa” es un punto que ya inquietó y atrajo a la industria cinematográfica norteamericana de la época –a bote pronto recordamos dos clásicos en la filmografía de William Wyler: Los mejores años de nuestra vida o La señora Miniver- y sigue haciéndolo hoy en día porque, salvando las distancias y las circunstancias entorno a la guerra de Irak, ésta es la clave argumental en la que estriba una de las series más en forma de la actualidad: Homeland (Showtime, 2011-actualidad). Más aún, la reconocida miniserie Hermanos de sangre (HBO, 2001) también reflexionaba sobre estas cuestiones, aunque de un modo distinto debido a la inserción de entrevistas a los supervivientes de la Segunda Guerra Mundial.

A raíz de la Guerra de Vietnam Susan Sontag acusó a la raza humana de ser el cáncer de la humanidad. Ahora bien, si las guerras hicieron empobrecer las almas de unos soldados que volvían atormentados a casa, en el personaje de Greg, el marido de Joan, la Guerra de Vietnam parece haberle devuelto unos rasgos que le hacen sentir hombre (2). En su caso, la autosatisfacción y realización personal vienen estrechamente ligadas a su coyuntura laboral y por mucho que Joan intente por todos los medios ayudarle y animarle, sus continuos fracasos y su frustración por no poder ser cirujano se transforman en el símbolo de su poca hombría. Es en el capítulo 6 de la tercera temporada, “Meter la pata en una agencia”, que se le comunica que no podrá ser cirujano. La reacción de Joan, que se ha quedado dormida en el sofá esperándole, y despierta al entrar él borracho en casa, es más bien la de una madre que consuela y lo prepara para la cama porque él, en su estado, no puede.
Unos capítulos más adelante, en el undécimo, “La gitana y el vagabundo”, a pesar de que habían simulado una entrevista de trabajo en el comedor de casa y ella le había dado algunos consejos, la oportunidad laboral resulta ser un fracaso. El modo en que se nos presenta la escena es del todo sintomática: Joan llega de trabajar y se encuentra a su marido sentado en el sofá con los pies en la mesa comiendo y bebiendo cerveza.

Para resaltar más esta inversión de los roles típicos en una pareja de la época, la escena se inicia con un plano general para posteriormente dar paso a planos medios que permitan explorar las reacciones de los personajes. Una vez más Joan intenta dar consuelo a su marido con esa caricia en el pelo, un leve gesto que denota compasión, pero tampoco duda en decirle a su vez que debe encontrar un trabajo, sin importar cuál, porque necesitan el dinero.

En ese momento sale el egoísta machista que Greg lleva dentro y le responde que ella no sabe lo que es querer algo toda su vida. La cámara escudriña entonces el rostro de Joan buscando algún signo de tristeza o enojo; pero ella se muestra impasible, se levanta y con total serenidad le rompe un jarrón en la cabeza sin mediar palabra, justo donde antes había estado acariciándole. Al final del capítulo acaban solucionando sus diferencias principalmente porque Greg aparece felizmente con la noticia de su alistamiento en el ejército, y Joan se siente demasiado abrumada como para aportar un ápice de la cruda realidad al asunto. Precisamente será el alistamiento y la distancia los que acabaran por romper esta relación que siempre anduvo naufragando. La gota que colmará el vaso de la paciencia de Joan en la quinta temporada será el hecho de que Greg decidiera que era más importante prolongar voluntariamente un año su estancia fuera en el ejército que volver con su mujer y Kevin, su hijo recién nacido. Dada la personalidad mostrada por Joan a lo largo de toda la serie podíamos esperar de ella el estoicismo con el que aceptaría el anunciado desenlace, incluso cuando él se pone más agresivo y la coge por el brazo. Ese “se ha terminado” a la madre respira toda la serenidad del mundo porque, al final, Joan se da cuenta que no necesita un hombre, que el miedo de ser treintañera y soltera que la empujó a querer rápidamente marido e hijos, era una capa de humo, un producto de la mentalidad encasillada de la época.

La escena de la ruptura transcurre en la normalidad y cotidianidad del desayuno, en el lugar de comunión de la familia que no es otro que en el que se reparten los alimentos –la cocina en la familia Draper o el comedor para el resto-. Este lugar espacial que en la serie se erige como el corazón del núcleo familiar es donde se dan las conversaciones domésticas importantes. Pero éstas, lejos de escenificarse en grandes melodramas, tienen lugar de una manera corriente: ese “¿No me preguntas si yo quiero postre?” de Kitty, la mujer de Salvatore (el homosexual reprimido de la dirección de Arte de la agencia), después de ser avergonzada, ignorada y rebajada sutilmente por su marido en una cena en casa con un compañero del trabajo (2x07 “El violín de oro”). Los juegos de miradas o la carencia de ellas que se dan en la cocina de la familia Draper cuando los niños están comiendo, con un Don llegando o saliendo de casa para ir a trabajar o a entregarse a sus affaires, son un reflejo de la tensión emocional y los altibajos que sufre el matrimonio a lo largo de las tres temporadas en las que viven bajo el mismo techo. En la gran mayoría de ocasiones no es necesario verbalizar nada porque la disposición de los cuerpos en el espacio explica sobradamente el conflicto interior que viven, y en eso que a veces, incluso, los niños parecen parte del atrezzo.
Además de Joan, Trudy Campbell en el capítulo 3 de la sexta temporada “Collaborators” también dejará a Peter como una reacción a su mermado orgullo propio, soterrado durante los años de relación con él. El cambio experimentado por su personaje también se percibe como uno de los más atrayentes para analizar de qué modo la pérdida de la identidad de la sociedad norteamericana de los sesenta es reflejada en sus vidas. Trudy siempre había sido la perfecta ama de casa, fiel, dócil y, feliz por los éxitos de su marido que consideraba como suyos propios. Su carácter ambicioso se complementaba perfectamente con el de Peter y si bien sus diferencias salían a la luz sobre los problemas de quedar embarazada en las tres primeras temporadas, ella siempre acababa cediendo o pidiendo disculpas. 

Al principio de la serie a pesar de la entrega absoluta de estas mujeres por servir a sus maridos, había en muchas de ellas un sentimiento de no ser lo suficiente para ellos, hecho que explicaría el porqué de esa devoción extrema para complacerlo en tantos aspectos. Trudy es capaz de volver a contactar con su antiguo novio para conseguir un contacto que posibilite la publicación de un relato de Peter, pero cuando ella no accede a “prostituirse” para que ese medio sea uno de distribución de gran alcance, él le reprocha que no quiere que consiga lo que él quiere (1x05 “Habitación 5G”). Tampoco debe extrañarnos estas reacciones en un personaje como el de Peter, misógino y petulante, que desde el primer capítulo de la serie queda retratado por su acoso sexual a Peggy Olson (3), la entonces “nueva” secretaria y, por ese trato machista a Trudy aún antes de casarse –“Renuncio a mi vida por estar contigo, ¿no?”- (1x01 “El humo ciega tus ojos”).

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(1) La Dr. Ellen C. Dubois, profesora de Historia de la mujer en la Universidad de California –Los Ángeles-, argumentaba que no sólo reflejaban la imagen de una mujer en su hogar, sino la de una mujer muy feliz, satisfecha y que se siente realizada en su hogar. 
(2) Greg: Soy muy importante allí. Hay 20 doctores y médicos que se apoyan en mí. Me admiran por mis habilidades y mi liderazgo.
(3) Peter: ¿De dónde vienes preciosa? […] Pues ahora estás en el centro. No es pecado enseñar las piernas. Y marcándote la cintura parecerás una mujer. […] Oye, que no he terminado. Continuaba subiendo”


© Gemma Bachs 

Los jueves serán de Mad Men, decidido. 

Próximo. Parte tercera: La herencia de la madre
(Queda mal que lo diga yo, pero lo cierto es que es de mis partes favoritas del trabajo..)


Everybody's somebody's fool - Connie Francis